House of Cards (o lo que hay que hacer para llegar al poder y conservarlo)

Si leés que un proyecto va a reunir a David Fincher y a Kevin Spacey, esa dupla que de tanto talento acumulado ya resulta onerosa, te tirás de cabeza. No porque sí, porque Seven. ¿La química entre Morgan Freeman y Brad Pitt era genuina: no era una película, realmente eran dos detectives solucionando el caso de uno de los asesinos seriales más jodidos que hubieran existido. No conocía entonces al Asesino del Zodíaco, ni a Manson, menos todavía al ficcional Dexter. Solo a Lecter, que era la marca a batir. Entonces, ¿por qué no apostar por esta serie que tanto prometía en los papeles?

Me gustan mucho los dramas políticos, ya sean estadounidenses, ingleses, canadienses o del Congo, porque es interesante ver cómo se construye a los sujetos políticos en la ficción. Nunca sé si se basan realmente en cómo son los tipos y las movidas que hacen, si son tan manipuladores, tan basura, tan inescrupulosos, tan “no me importa ni mi propia familia con tal de obtener lo que quiero” o es una exageración. Tiendo a pensar que las series tienen razón.

Esta versión de House of Cards es una remake de una serie de la BBC que, a su vez, está basada en un libro. La original es de 1990, es decir que se estrenó en plena expansión del neoliberalismo y con anterioridad a la “Cool Britannia” de Tony Blair. El libro, escrito por Michael Dobbs, un ex jefe de personal del Partido Conservador, es de 1989. Estas menciones no son al azar, porque para hablar de esta nueva versión hay que tener en cuenta los cambios en la tecnología y cómo esta juega un rol fundamental hoy en día en la circulación de la información. Y el nuevo rol de los medios, oh los benditos medios masivos de comunicación.

Frank Underwood es el personaje principal de esta adaptación, situada en Washington DC, con base en el Capitolio y a veces en la Casa Blanca. Kevin Spacey lo interpreta de manera impecable, sus caras de poker son imposibles de descifrar. Porque es imposible descifrar qué es lo que pasa por la cabeza de Frank. Salvo las ansias de poder, poder y más poder, tanto que a veces satura. No es posible que todo lo que se ponga en mente se cumpla, sin importar los medios. ¿Usar y traicionar a  compañeros de su mismo partido? Dale. ¿A la secretaria privada del presidente? No problem. ¿Transar con multinacionales por atrás del decorado? Pan comido. El maquiavelismo llevado a su máxima expresión en forma de congresista del partido demócrata.

Frank está casado con Claire, Robin Wrigth, reina de hielo de ojos claros y mirada a veces triste, a vece dura. Son un matrimonio perfecto, de un pragmatismo que asusta. Ambos saben qué es lo que quieren, cuál es la meta y cuáles son los precios a pagar con tal de llegar a obtener esa meta. Todo entre ellos pareciera estar clarísimo como el agua de la ONG de Claire. Porque ella trabaja, nada de ser una cara bonita al lado de la foto.

Todo encaja perfectamente en los planes de Frank, salvo que la promesa del presidente electo de ponerlo como secretario de estado no se cumple y ese hecho desencadena a una bestia política desbocada. Frank carece de escrúpulos. No-le-importa-nada. De nada. Odia a los niños. Usa y tira a la gente como le place en pos de obtener lo que necesita. Y cuando parece que un atisbo de humanidad se asoma, ahí está el ya remanido recurso de romper la cuarta pared y nos explica que no, que él en realidad hace eso porque es lo que hay que hacer, que en realidad el verdadero él necesita eso para sus fines ulteriores, que es todo una farsa.

Hay situaciones previsibles -la relación con la periodista- otras que ni a palos -lo del diputado de Pensilvania-. Y si bien lo previsible lo es, si hay algo que House Of Cards hace bien es engancharte en el relato. Querés saber qué pasa, devorás un episodio tras otro. Lo que habrá que ver es cómo sostener el nivel de intriga y tensión en la segunda temporada, porque lo que se viene es medio obvio. Sin reventar la serie, diré que todo lo malo que a Frank le pase, lo tiene merecido. Porque no es Walter White, no se supo ganar el cariño de los televidentes en ningún momento para hacerlo añicos luego. Ni siquiera lo intentó, agradar nunca fue su intención.

En el único momento en que lo vemos ser un poco humano es cuando viaja a inaugurar la biblioteca de la que fuera su universidad y se reencuentra con sus ex compañeros. En ese viaje, más allá de los lobbistas y los caretajes, Frank se pone el traje de humano con sentimientos y lo vemos sentir algo que no sea rabia por no obtener su cometido. Lo cual es bastante triste, porque somos testigos de una variedad bastante amplia de situaciones como para llegar a la conclusión  que en el único (¿último?) momento en que fue feliz fue hace más de 30 años, en la facultad.

Su esposa es un personaje clave. Claire es, si se quiere, mucho más interesante que Frank, más compleja, porque no sabemos qué la mueve. Frank está movido por el poder y le obsesiona llegar a tener más y más poder. Pero a Clarie ¿qué la apasiona? ¿qué le llega? A veces pareciera que se conmueve con cosas pequeñas, otras parece que no, que son tan para cual y así se merecen vivir, rodeados de lujo y con custodios que los odian. Pero Claire tiene un ansia, una necesidad que se niega a sí misma y la está carcomiendo.

Por último, un pequeño espacio dedicado a las periodistas. Oh, las periodistas de House of Cards, que duermen en el lugar común más común de todos. Kate Mara como Zoe Barnes, la pobrecita relegada del gran diario que aspira a más y bueno, para ascender hay que hacer lo que haga falta y luego le da culpa/asco/una mezcla de ambas. Tenemos también a la periodista ya curtida que se pone celosa de la chica nueva en ascenso (Constance Zimmer). ¿Hacía falta poner a las mujeres en esos lugares tan berretas, sexistas y gastados?

Resta esperar la segunda temporada y ver si al menos en la ficción, los políticos corruptos y desalmados se llevan el premio que se merecen.

Leticia Bellini

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  1. […] Las otras posibilidad es que se barajan son: James Wolk (Bob Benson en Mad Men), Chris O’Dowd (The IT Crowd), Jesse Plemons (Todd de Breaking Bad) y Mahershala Ali (Remy Denton en House of Cards). […]
  2. […] “Modern Family”, con cuatro nominaciones, y “Game of Thrones”, “Boardwalk Empire” y “House of Cards”, con tres nominaciones cada […]

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